DONDE NACIÓ EL VALLENATO
El vallenato es un género musical autóctono de la costa caribe colombiana con epicentro en la antigua provincia de padilla (actuales sur de La Guajira , norte del Cesar y oriente del Magdalena) y presencia ancestral en la región sabanera de los departamentos de Bolívar , Sucre, Córdoba. Su popularidad se ha extendido hoy a todas las regiones del país y países vecinos como Panamá, Venezuela, Ecuador y México. Se interpreta tradicionalmente con tres instrumentos: el acordeón ditonico , la guacharaca y la caja vallenata. Los ritmos o aires musicales del vallenato son el paseo , el merengue, la puya, el son y la tambora.
Tanto el vallenato como el acordeón fueron despreciados por la aristocracia, en la época de la colonia española en Colombia. Hoy son el orgullo de todas las clases, pues con el tiempo fueron ganando terreno. Como termino, vallenato se utilizaba en forma despectiva para llamar a las personas que tenían la enfermedad de la piel (carate). Producida por la picadura de un insecto que dejaba manchas. Cuando fue que se desvirtuó´ su significado y se le permitió que identificara a la música de acordeón, no es claro entre los investigadores. Entre los mercaderes de la época apareció un instrumento musical de origen Alemán, que al hacer trueque de mercancías empezaba a filtrarse en la cultura del pueblo. Era el acordeón, creado por Kiril Damián. Entre finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, existio´un selecto grupo de acordeoneros algunos antecedieron a "Francisco el hombre", de los cuales se recuerdan los nombres de Jose Leon Carrillo, Abraham Montero, Cristobal Luquez, Agustín Montero, Francisco "chico" Bolaños y Luis Peñaranda.

Esta historia, que se supone ocurrió en los albores del siglo XX, sintetiza el episodio que se convertiría, con el correr de los años, en el soporte mitológico de la música Vallenata; la derrota del diablo en un vibrante duelo de acordeón, a manos de Francisco Antonio Moscote Guerra, el campesino guajiro que se transformó en leyenda y se inmortalizó en la historia del Vallenato con el nombre de Francisco el hombre. El recuento pormenorizado de su vida, el relato de sus proezas como acordeonista, y específicamente su consagración frente al diablo, hacen parte de una serie de documentadas crónicas escritas por Ángel Acosta Medina en el Espectador (abril 82), en las que se recogen testimonios fidedignos y elocuentes sobre las andanzas del trovador, símbolo de la música Vallenata. Es probable que el encuentro con el diablo haya sido fruto de la imaginación popular, y con mayor razón si se produjo en los territorios del realismo mágico. Quizá se discuta su veracidad. Pero lo cierto es que el hecho ha servido como sustento de la leyenda y ha reafirmado la identidad de un pueblo que tiene en la música Vallenata su patrimonio cultural más valioso. Por eso, Francisco Moscote dejó de ser un modesto ayudante de recua y se tornó en un acordeonista portentoso cuya existencia quedó para siempre rodeada por una aureola de fantasía y de misterio. Su fama se extendió incluso a las páginas de la literatura: en Cien años de soledad, Gabriel García Márquez lo describe como “un anciano trotamundos de casi 200 años que pasaba con frecuencia por Macondo divulgando las canciones compuestas por él mismo y relatando con detalles minuciosos las noticias ocurridas en los pueblos de su itinerario”. Francisco El Hombre (que probablemente nació en 1880 y murió en 1952, según los Vallenatólogos), no fue precisamente el primer acordeonista en la historia del Vallenato, pero si uno de los integrantes de esa admirable legión de pioneros que sembraron las semillas y estructuraron este género musical. Francisco Moscote fue uno de tantos trovadores en su mayoría analfabetos que, con el acordeón terciado al hombro y sin ningún tipo de acompañamiento, recorrieron de manera incansable los rincones más insospechados de la comarca, contando en sus versos sus penas y sus alegrías, relatando anécdotas personales, o expresando su amor inmenso por alguna mujer. Mientras la fama de Francisco El Hombre se regó por caseríos, veredas y pueblos, muchos acordeonistas, quizá tan diestros como él, prefirieron permanecer en el anonimato de sus hogares, dándole rienda suelta a su pasión musical. Según García Márquez, todos estos músicos primitivos eran como los juglares de la época medieval: cantaban cuando sentían la necesidad de hacerlo, después de haber sido estimulado con un hecho real. Hacían versos, ejecutaban el acordeón e interpretaban sus propias canciones.
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UN VIAJE AL MUNDO DE NUESTRO FOLKLOR VALLENATO
La historia del Grammy Latino en la categoría Cumbia/Vallenato

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